Eres

Eres un tronco: fuerte, robusto, fructífero, de muchas ramas. Un árbol con nuevas semillas cada otoño.

Eres viento huracanado, un río imparable, un caballo desbocado, un corrido de Chihuahua.

Eres un patrón de los barcos que aún no navegas, el capitán de tus sueños y de los sueños de tantos, un piloto automático, la salida de emergencias.

Eres las horas muy prontas, el vino maduro, el pan tostado, un oráculo de los buenos presagios.

Eres oso, gigante, águila, mago.

Eres lo que haces y eres lo que dices.

Eres lo que piensas y eres donde quieres estar.

Eres el que come y el que ama, el que abraza y el que se enfada, el serio y el que calla.

Y eres el que con una sonrisa abre la mañana y el que bosteza aunque no conoce la pereza.

Eres una nube viajera, un rayo cargado de adrenalina y luz, la fuerza de un jaguar. Un tobogán por el que tirarse a ciegas desde las nubes cuando vamos en avión.

Eres de barro del bueno, el fuego de nuestra chimenea, el brindis de nuestros corazones, la tensión de los músculos fuertes.

Eres el deseo y la realidad en uno, un poema que rima con el tiempo, un libro de aventuras, el cuento fantástico.

Eres el padre, el esposo, el hijo, el amigo, el cuñado, el yerno, el tío, el hermano que todos quisiéramos y eres.

Tu eres el de lejos y el de aquí, el que fue traído, el que llegó, el que se quedó por encontrar un amor caliente y unas manos que te arroparan fuerte. El que cruzó muchos valles hasta llegar.

Eres los ojos del que ve bien, las manos que abrazan y trabajan, el corazón del león, el vaso lleno.

Eres las buenas noticias, las mesas grandes, las palabras justas, el temple destemplado.

Eres luz, motor y alegría.

Eres el compañero de viaje, de camino y de sofá que todos buscamos en el viaje, en el camino, en el sofá. Te encontramos. Eres un ser especial.
Y también eres el que tiene dudas, debilidades y preocupaciones. Eres la fragilidad del que llega a un lugar y sin mapa, el que se lleva desengaños y lucha. Eres el que no desfallece en esa lucha. Polémico, explosivo y envidiado. Un guerrero, el soldado de nadie. Tus batallas, también son las nuestras.

Eres a quien, hoy y mañana, deseamos toda la felicidad y suerte. Para que llegues tan lejos como quieras, sin tener límites, sin ver finales. Vuela alto, pájaro oso, porque seguiremos siempre volando a tu lado.

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L´àvia

Ya no me recordaba que la hiedra se vuelve ocre en otoño.

Ella ya no se acuerda de lo que pasó hace diez días, aquella mañana después de las cataratas del ojo izquierdo por la noche y la ambulancia. No se acuerda que ahora estamos hablando de las cosas importantes de la vida.

En la cabeza tiene un hematoma de enfermedad del tamaño de una pelota de tenis. Y 88. Te has derramado en tu propio cerebro. Una tormenta fundió la noche en que las cataratas te inundaron la vida.

Que hay pocas posibilidades de que viva. Que es muy grave. Que avanza bien. Que no sabemos. Que no hablará. Que sí habla. Que no sabemos si hablará. Que sí, sí habla. Que no come. Que está pálida. Que hoy sonríe. Y las ausencias.

No me acordaba, qué raro, del olor marrón de los hospitales. De la sonrisa franca de la enfermera, de la sonrisa falsa del enfermero.

Partículas de recuerdos y de cables con conexiones y muchos hilos: limpios y viejos, rápidos y lentos a la vez, muy líquidos, el lado izquierdo, enchufes que se paran y se separan. ¿Cómo acabarán juntándose? Con luz.

No saber si lloras o qué ves. ¿Te acuerdas?

Tu corazón catarata sí recuerda. Tu cerebro catarata no recuerda.

(Tenemos que arreglarle las gafas, pronto. Pronto, hay que llevarle una revista. Pronto: ¿volverá a leer? Pronto: ¿volverá a coser? ¿Cuándo volverá a casa? ¿Pronto? Llevarle una piruleta de corazón, pronto). (Música, tenemos que llevarte música. Una ensaimada, un bocadillito súper blando del Mauri, una quiche, ¿quieres mató? Pronto: ¿volverá a leer? Pronto: ¿volverá a coser? ¿Cuándo volverá a casa? ¿Pronto? Y todo avanza a un ritmo muy lento. ¿Andarás?).

Y que todo sea tan lento.

¿Quién soy?

Eres una luz.

Eres una luz.

Sí que sabes que tejer es vivir. ¿Pero, y cuando lo has tejido todo?

Los vivos, los muertos y los enfermos.

¿Y cuando ya has hecho el lazo perfecto y solo tienes ganas de dar el regalo? La cosa que ya no es tuya, que es para el otro ¿Y si cuando ya has tejido todo, aún recuerdas que es otoño porque las hojas se vuelven de color ocre? Tejer o no tejer. Y esperar que las hojas sean verdes en primavera.

 

Emociones -tantas-

Pensamientos -tantos-

Recuerdos, fuerza, amor,

silencios.

Ganas de llorar y llorar por dentro.

Muchos whatsups en el grupo “àvia”.

Aprendiste todo. Aprendiste siempre. Aprendiste a enseñar. Aprendiste a enseñarnos cómo aprender. Sigues aprendiendo.

Lo sabido,

lo que no sabemos,

lo que sabes,

lo que no puedes decir…

Los vivos, los muertos y los enfermos.

¿Estoy escribiendo un texto de vida o de muerte?

Esto es un estadio flotante en una cuerda muy floja.

Vuela. Eres fuerte y libre.

¿Saldrás del hospital? ¿Querrás comer, andar, hablar? ¿Quieres vivir?

Eres y somos. Hay algo cósmico en aquél pensamiento de Yago que un día, siendo muy pequeño, dijo: “Entonces… ¿Todos venimos de ella?”. Sí, todos venimos de ella. Y un gran silencio. Un gran vacío. ¿Dónde estás?

Ojalá pudiera llegar a ti. Ojalá supiéramos si lloras o te pican mucho los ojos, o las cataratas son demasiado fuertes, o son las gotas de luz que se van apagando. En la realidad, no lo sabemos. Aguas que se alargan en mis sueños. Vida y muerte en la pesadilla en la realidad. Binomio que no recuerdo. La vela está encendida. Nunca te apagarás. Repartiré siempre tu sí quiero.

No se cómo explicar que comer, estos días, es difícil. Que respirar, estos días, es ver imágenes, proyectar palabras, recibir y ver estados de tu salud cada hora y celebrar que has merendado medio batido de proteínas, o temer que te hayan puesto una sonda. No, que se la arranca. Un segundo te cambia la vida para siempre. Y lo sabemos desde el primer día. “Si ya sabemos que nos vamos a morir! Nos morimos todos!”. Por eso le vuelve la sonrisa y la mirada limpia, suave, sabia, del que está partido en esa cama de plástico incómoda hasta morir. Derramarte en ti misma y que traten de rescatarte de entre las cataratas.

¿Qué escuchas de nuestras palabras?

Llana, como tu vida llena de altibajos. Lisa, como la seda natural más suave de todo el mundo. Fina con las manos y con la cabeza. Lo más: Con el corazón: llano, liso, fino.

Ver que no ves como antes, que no sabemos si volverás a ver igual o mejor. Sabemos que quieres vivir.  A mi me lo has dicho dos veces. ¿Y dónde está el límite si no puedes verte en el espejo sin distorsión? ¿Qué ves, de ti? ¿Sabemos que quieres vivir? Me has respondido muchas veces que no estás preocupada, que no estás triste. Pero tú no hablas. Estás cansada. Solo respondes, que es menos que hablar.

(A fuera, en el patio, oigo ahora mientras escribo:

– shh

  • Jajaja, it´s friday night.)

Its friday night y tú estás ahí, sola con esa luz horrible o ya te la habrán apagado. No lo recuerdo. Te imagino acostada. Es muy noche. No sé si de lado o rígida, estás mirando al cielo que es una fea pared blanca, sin grietas pero como si estuviera llena de ellas. Con una ventana que da a un tubo enorme y a un trozo pequeño de Vallvidrera al fondo y con una tele de viejos colgada al lado de un carrito que contiene potajes y alimentos triturados para enfermos, no para vivos. ¿Qué quieres hacer?

Has dicho que Bernardo está bien. Que Arantxa, especial. Que Santi, hmm, tiene que encontrar su caballo. Que mamá te cuida muy bien. Que deu méu, que ay senyor, que mirarnos y arreglarme cada día el rizo en la frente. Yo ponerte colonia, darte un masaje, tratar de jugar al domino hasta que dices (sin que nadie pregunte”: “Esto no me gusta nada”). Tumbarme en tu pecho y que me acaricies el pelo. Sentir que nuestros corazones laten en cadena. Sentir que las dos tenemos un derrame en nuestras cataratas.

Un puzzle de cosas de las que marcan los tiempos. Porque son tan fuertes como la muerte, como el amor, como lo inevitable más inevitable, el gracias, el un día más. Hay que sacarte del hospital. Ven a casa. Ven a vivir como se merecen las reinas egipcias. En esa cama es imposible que puedas hacerte fuerte. ¿La lucha es soportar eso o la lucha está en soportar eso?

¿Cuál es tu lucha? ¿Ver, coser, andar, ayudar a latir a tu corazón, ayudar a tu cabeza a pensar, Quico, el avi, tus papás, mi papá? Tantos amigos que ya están en el cielo, qué fiesta te espera… Cuánta familia!

Te he llorado tantas veces. Tienes un lago largo para bañarte cuando te piquen los ojos por las cataratas.

En tus viajes hay mucha agua.

Somos ríos que van a parar a la mar.

Este otoño te has vestido de blanco ocre.

Vida intensa, larga y fructífera. Estable, apacible. Llena de presentes, pasados y futuros. Te has acoplado a ella como una seda natural, suave y rubia, que deja un gran caudal. Nunca te hemos visto con todo el pelo blanco, verdad?

 

Recuerdas, todo. Que has vivido la historia más bella, el libro que se debería leer todo el mundo, la dicha de ser un ser iluminado por ella, el libro que debería tener todo el mundo en la mesita de noche. Las hojas de una vida de conversaciones de colores que deberían ser tu libro.

Ahora no sabemos y dicen que hay que pensar en el ahora. Tiempo. Ahora es un mal momento. Y se acerca la Navidad. Tiempo. Y se acerca la luz de Quico. Tiempo. El 31 de diciembre. Nosotros en Oporto. Pero otras veces en México, y en Cuba, y en Mataró, y en Príncipie de Asturias, en Viladrau y en Calaf, y en Muntaner y en el Eixample. Y en el cielo. Pensando… que otros, sí salen. Que otros, no salen.

Vivo, muerto, o enfermo.

Que no sufras.

Que suframos nosotros por ti. Que podamos repartir un poco de tus neuronas entre todos para aligerar tu pelota de tenis. Que podamos entre todos darte lo que nos has dado. Que sepamos que somos seres especiales, por haberte tocado.

Una mujer amplia y sabia, bella y lista, lista, buena, muy buena. La mejor interlocutora que he tenido en mi vida. Vida de amor y palabras. El último libro que leías el día antes de ir al hospital: Los testamentos traicionados de Kundera. Te lo llevé yo quince días antes de ir a ver las cataratas.

Escribir mientras te miro y no sé qué decirte. ¿Te gusta que te diga cosas? Sonríes. O tienes muy mala cara, o duermes. ¿Estarás soñando estos días? ¿Viendo otras luces que ocupan mucho espacio en tu corazón y tienes que soltarlo porque es demasiado grande?

Y sí, al final, lo que es seguro, es, como tú dices siempre: “desde que nacemos, empezamos a morir”. Seguro que tu corazón acabará explotando y repartiendo muchos pedazos de corazones pequeños, que deben crecer en nuestras manos. Las que caben perfectamente en el tamaño de tu alma.

Por ser la persona que está iluminada e ilumina.

Silencio.

Decir cualquier cosa sobre ti sería el libro que siempre quise regalarte. La familia felicidad que siempre quise regalarle. La que te he regalado, la que te seguiremos regalando. No puedo hacer nada. La vida que llenarás cuando mueras se reparte entre las luces de nosotros.

Yo soy afortunada. Estás muy adentro.

Puedo escribir un libro sobre ti. De aventuras, de aprendizaje, de sabiduría, de refranes, de platos que no aprendí y de los que tengo receta, y todos los sabe mamá- siempre, pensé-. Un libro de los que hay que guardar en la mesita de noche.

Tantas enseñanzas. Sé tú misma. Vuela. Eres fuerte y libre, honesta y buena, inteligente y guapa, afortunada y joven. La flor silvestre del meu jardí -recuerdo que dijiste un día-.

Silencio. Es imposible decir una frase sobre ti. Debería ser un libro entero. Una preciosa edición de viajes por dentro y por fuera, con muchas risas, langostinos y charlas, silencios, costuras y mesas, paseos, regalos y confesiones. Flores y expresividad, mucha improvisación, historia y educación, mucha libertad, los pequeños placeres y los límites, algo de autoayuda zen con consejos súper prácticos y reflexiones muy profundas. El libro está cosido con amor. Uno. Tres. ¿Cuántos nietos y ya bisnietos? Haberlo hecho todo. Eso es mucho amor. ¿Y cuánta familia, amigos, y los padres, y los vecinos, y los enfermos, y las relaciones sociales, y los vendedores, y los doctores, y tus amigas, y la Carmeta…?

 

¿Comeremos estas Navidades llagostins de l´àvia?

Àvia, on estàs? A les paraules? En el silenci? Aquí, allá? Per sempre.

Es imposible escribir frases sobre ti. Serían el libro más bonito jamás contado a un niño.

Aquél día del deja vu, Richi ya lo recordó: pasado, presente, futuro. Influye hasta en un partido de basquet.

 

 

 

Me acuerdo de cómo la rosa roja se acercó a la rosa rubia. Una flor, no un ramo. En agua viva. Me acuerdo que se la regaló la chica flaca a quien ayer le operaron el hombro y hoy ya se fue.

Repartiré siempre tu sí quiero.

Hoy me dijiste que ya te habías puesto a coser el pájaro que te pedí para estas Navidades. (porque yo te lo pregunté. Sino, tú no dices nada). No sé si lo habrás empezado. En nuestra luz, está. Hoy me dijiste que me querías (porque yo te lo pregunté. Sino, tú no dices nada). Y si te digo: ¿mucho o poco? Dices: Mucho. ¿Quieres hablar o quieres callar? Tu sonrisa y mano fuerte dicen que sí. Que sí quieres. Lo sé. Lo siento.

¿Qué son los recuerdos sino los cajones, los silencios, los papeles, las palabras y las fotos que guardamos?¿Qué son sino las cajas metálicas que ya nos has ido entregando? Regalando las memorias de color, de olor, de fuerza, de mucho corazón, de vida, de tanto cerebro.

 

 

Palabras

Soplo. Y descubro al soplar el sentido de la palabras: las letras. Se deshacen en 27. Las hay mayúsculas y minúsculas. Aunque sean altas o bajas, todo depende de un punto. Letras: el aliento mojado.

Soplo, y descubro que el único sentido del aire es transportar las palabras, hoja a hoja, mano a mano, boca a boca, con salivas.

Libretas, papeles, diarios, notas, cartas, textos viejos, principios de texto, textos de viaje, dificultades siempre para encontrar el final de los versos. Acabar es como no empezar. Acentos, excusas, ejemplos, dolores, nombres, hombres. Las palabras se van soplando cada vez que el alma pierde un algo de oxígeno. Faltan adjetivos.

Y soplando siento que el movimiento está, que de dentro hacia fuera solo hace falta arrancar una letra. La palabra se hunde sin tú, sin otros pronombres, sin usar el verbo bonito.

Garabatos, postales, cartas, tarjetas, recetas, y un árbol por cortar que lo engendra todo y que guarda el papel de adán, el que creyó, el que escribió, el que dijo el primero: yo. Yo soy un bosque.

Soplo y algo se mueve: el lugar del acento es vital y es absurdo. Es el verbo quien corrige; que es la nada de la lengua la que arde y dice el nombre; que no es la y la que no tiene sentido sin el yo: es la hache el gran vacío.

Leo, escribo, leo, vivo, leo, no leo. Ver es leer. Leer es callar. Hablar es escribir. Escribir es leer. Y escribir es morir. A cada palabra de más, un rugido menos.

Soplo de letras en el aire de la habitación casi oscura, en la calle que empieza a iluminarse y en los camiones que limpian la basura y en los que reparten la fruta. En el cielo soplo de letras en las golondrinas de verano y en las gaviotas del mar que describo sin ver. Soplo de alas hablando y gimiendo todas, moviéndose hacia otro lugar, que no soy yo. Es un papel que no es el mío. Es otro bosque donde están las palabras.

 

Agua seca

Y si toda esta lluvia fuera algo que cae pero que no es agua, solo nuestros malos momentos derrumbándose contra el asfalto y limpiando la calle de las arterias para lavarlas.

Si fuera algo que baja divino y junto con el agua viajaran hojas escritas con palabras secas que nos han separado cuando había mucho sol, y era verano, y no caían estrellas fugaces, y no pudimos pedir el deseo de que la lluvia fuera agua.

Si fuera solo algo líquido que no mojara y que limpiara lo caliente de nuestros alientos tristes de no escuchar tequieros en el mar, de no sentir los abrazos en las partes más húmedas, de secar las lágrimas que algunas noches han escondido las habitaciones asfixiadas de humedad caliente.

Y si toda esta noche fuera solo un trueno de alivio, un chorro de amparo, un diluvio que no necesita paraguas porque una mano, la tuya (seca), lo cura todo.

(Pidámosle compasión al agua. Para que moje nuestras almas de velas rojas encendidas con lluvias de estrellas y rayos de ternuras).

Estamos todos locos

Estamos todos muy locos, hacemos cosas raras. Se nos dispara la lengua sin querer y se nos van las manos. Hacemos cosas como mirar el mundo pasar a través de pantallas, como teclear letras en dispositivos en lugar de tomar cafés con los amigos, como ver la vida a través de Instagram. Hacemos cosas como hacer ver que no hemos visto a alguien que conocemos cuando nos cruzamos con él por la calle, o mear en la calle de noche. Somos animales que buscamos sexo, calor y drogas en los otros animales. Animales de compañía, no nos gusta tanto hacerlo solos. Estamos tan locos que decimos mentiras para girar la realidad a nuestro gusto y damos mal el número de teléfono cuando no queremos que nos sigan. Tan locos que preferimos dormir en camas separadas que separarnos, preferimos saber que está con otra que separarnos, tener otro hijo que separarnos. Estamos todos muy locos, y somos todos tan iguales y tan distintos, que ninguna teoría del hombre sirve, porque luego viene otra que cambia todo. La mayoría admite teorías por verdades, sin distinguir entre teorías y verdades.

(Y la muerte llegará, siempre, al final, cuando ya sea demasiado tarde para darse cuenta que hubiera vivido de otra manera si hubiera vivido pensando que al final, siempre llega la muerte. Y que esto no es una teoría. Es la única verdad).

Noche de Agosto

Muchos cariños para Berta (y que no deje de apartar algún tiempo para escribir), dijo Jorge. Y me dio ánimos para recuperar este espacio de silencio…

En esta noche pasada de Agosto soñé con dos momentos extraños. Uno: se abrió la acera de una calle ancha (Muntaner, a la altura de una peluquería a la que solía ir de pequeña, acompañada de mi madre). Dos: me vi atrapada en las garras de una serpiente gigante.

Extrañada, por el nivel de aventura, me desperté y miré alrededor. Todo estaba bien: las sábanas limpias, las ventanas al lado, la temperatura del cuarto sin notarse, el tacto de la  piel, suave.

Con el café me acordé de que ayer, antes de esta noche pasada, había visto un trozo largo de la peli Indiana Jones. Y sentí y entendí que los mosquitos se habían pasado la noche bostezando entre mis piernas. Uno, especialmente, fue el que me pinchó más.

Con su recuerdo tatuado de forma inmensa y circular, como si fuera de serpiente gigante, me volví a sentar en el sofá, frente al televisor ahora apagado. Entonces ya era la mosca. Vi también el trabajo que hay por delante en nuestro nuevo jardín: el de la tierra (que ahora está rota de tanto abandono), que es la calle abierta en el campo. Y las mariposas que empiezan a llegar a las flores que empiezan a llegar. Y las hormigas que, después de tantos años trabajando, inventan nuevas calles para que Emilio no les corte la circulación ni desbanque a la reina. Y los escarabajos que aún no vuelan (a ellos, por ser de charol, les invito a salir de casa y a encontrar nuevos rumbos. Les agarro una pata con dos dedos y los hago volar a través de la reja de hierro viejo).

No ha llegado aún ninguna serpiente gigante, ni ningún pájaro gigante, ni nada gigante. Más allá del amor gigante que ha soplado este verano hacia ti, y hacia un nuevo lugar que llamamos casa, en el campo, con todos los insectos, la casa abierta. Querer incluso a las moscas y a los mosquitos. Para volver al asfalto cerrado marcada por el paso del Agosto y el campo en mi cuerpo…

 

Donde están nuestros latires verdes

Audio: trompeta a lo lejos (pero siiiigo sieeendo el reeeey), grillos alrededor y cerca, pasos (no sé de qué), algo de brisa, los árboles estirando las hojas antes de acostarse, pájaros aquí y allá. Y cuando lanzan un cohete en el pueblo, el espanto de los pavos reales. Tú. Siempre. Aquí y allá.

Ayer, creo que fue ayer, sí (la dimensión del tiempo se perdió hará ya algunas semanas), una carretera nos trajo hasta el nosotros de aquí. Salir de esa ciudad es como buscar una gota de oxígeno (la primera, la que me contabas que es tan vital y tan poco nos importa) cuando sientes que ya no queda más que un hilo de aire. Ruido, gris, carros -muchos carros-, gentes -muchas gentes-, impersonal todo, rascacielos y chabolas, pocos deportivos y muchos camiones, un infinito marcado por cemento y millones de cables que desconectan a humanos asesinos de su propia tierra, humanos que vaciaron el agua del suelo para inventarse el agua en las alturas y para no poder pagar el precio, humanos con el alma rota -pero conectada más que nunca- y la piel sucia llena de dudas, de miserias, de golpes, de somos nada, de qué somos. Busco solo el sol.

Ayer, creo que fue ayer, llegamos a un retiro cruzando un camino pesado y unas horas de mareo por tratar de leer carteles estúpidos que venden el espacio para que compres el espacio por si tienes algo que vender mientras te mareas en el espacio. Vi unos pájaros negros cruzando entre los coches que, tratando de adaptarse a ese aire sucio, han ido cambiando su follaje, como los humanos la piel, hasta convertirse en carroñeros de la mierda que cae de los camiones de humo. Vi un charco gris que un día, o una noche, fue un lago azul. Había gritos callados de un mundo que fue tierra, el eco de un lugar aún más grande que aquel tambor, que buscaba su desnudez sin acordarse de lo que fue antes de llevar ropa. Y donde la ropa ya era más importante para respirar que la piel.

Hemos llegado sin saber que nos contarán historias de vecinas en turbante y de maridos descuartizados enterrados en dos estados lejanos. El desespero de la esposa que no sabe si los brazos y las piernas deben acabar en la misma tumba o que, ya que el señor está muerto, no importa su deseo final (porque no hay dinero para pagar el traslado de la mitad superior del cuerpo). Las piernas ya se enterraron hace años, cuando se las tuvieron que cortar. Así que lo acaban partiendo en lugares distintos: las patas se quedan en Guerrero (frente a la casa) y el resto, colocado de lado y en un ataúd de niño (porque no hay dinero para pagar uno más grande), se va al campo, al otro lado del río, ya lejos, ya en Morelos.

Grillos, poca luz, las manos deslízandose por el teclado tratando de acaparar las sensaciones de un lugar bañado por el agua y el enigma de fondo.

Chachalacas, guajolote, pachangón, jarana, jarocho y apapachos. Estamos en Tetecalita. No se escucha ninguna gallina ni se ve a nadie. Solo Fernanda y Toño, nadie más. Ellos no son humanos, son seres que están aquí -dicen-.

El reloj se paró al entrar y abrir los candados sin llave, la puerta que separa el mundo y este lugar, lo quemado de la vida, la distancia entre nuestra casa y esta casa. El camino hasta llegar, la reja que abrimos sin saber: quién había, qué había, qué harían, qué haríamos, qué haremos al salir. Las comidas acompañando las charlas, chácharas infinitas de anécdotas, recuerdos y consejos, memorias de un padre que es el papá de todos: el que se fue, el que se fue, el que se fue, el que se fue, el que está aquí, el que aún no ha sido. Todos padres y madres de las crías que se dejan. El animal, el que desconocemos (¿es un insecto?), el que nos persigue y hace psss psss entre matorrales que extrañan a Laura y que extrañan Barcelona y que extrañarán las palmeras y los baños de agua que aún no ha visto la luz. Esto es un pez que no ha pasado por el hielo, dice Toño. ¿Y si el animal raro que hacía psss psss ayer se escuchaba desde lo más profundo del huevo de una gallina?

Pueblo trompetero, pueblo cohetero. Pueblo lleno de cuentos de caciques, de aztecas y de españoles, de guerras y terrenos y familias que quisieron, que mataron, que ganaron y perdieron. Todos perdieron. Pero la guerra dejó vivos con historias.

Hermosa -dices-.
Suerte -pienso-.

Y reencontrar los placeres en la nada llena de notas de algún piano. Desayunar con el Stabat Mater (a la mía, la echo de menos), oler una buganvilia, escuchar un pan de plátano y sal, tocar el agua, sentir el sol en la noche fresca, la luna en el resplandor de la ventana llena, tu desayuno tu alegría, la jamaica, la canela, el chile, el jitomate, la rama, la pluma, el juego de las palabras, la buena noticia en el teléfono, la sobrina nueva, la abuela añorada, Montse triste, y los padres ya se fueron.

Y mientras nosotros, aquí, en la nada, con la trompeta, con los pavos reales, sin gallinas, sin Coca Cola, sin sirenas ni tamales de Oaxaca. Los mosquitos que no logro matar mientras parece que aplauda en la selva llamando a los muertos.

Todos nuestros planes, el futuro, los hijos que queremos hacer, las suertes que perseguimos, los deseos y las esperanzas. Y el café mañana. Hoy la noche y el sueño que se va recuperando, tratando de reencontrar al sueño y al gusto perdido por el gusto. El pavo real no sé qué dice, pero habla. El río se escucha más en la noche. Como el latir volviendo, como el aliento revivido, como el alma que se encuentra con el alma en la selva, donde estábamos antes de venir, de abrir el candado viejo que guardaba este tesoro escondido, donde están nuestros latires verdes, donde están las sábanas blancas.

No digas dónde estamos. No digas que Flora Plant, ni que Estela hizo, ni que Japón, ni que los bambús. No digas que viniste porque todo será un recuerdo bajo una palmera. Tetecalita. La trompeta. Y una rama se desploma al pasar.

En un rato, poco, saldrás de la habitación. La puerta está abierta, no sé si escuchas mi escritura. Y bajarás por las escaleras y hablaremos de buenos días y mis noches, y decidiremos, entre los dos, que no sería mejor ir de caza a matar animales que ir a desayunar. Y todo lo que ocurra a partir de entonces, que será la mañana de hoy o la de mañana, con todo el desorden del sueño y de la noche, ya será tan real que no podré describirlo… Y empezará nuestro mañana. Sin saber si tú escuchaste algún sonido…

Noche de gallos

No importa si es de noche. El cielo está cubierto de pintura negra entre brillo y mate, espolvoreada de miles de estrellas y una bola blanca gigante. El aire es fresco y sepulta en su ambiente las almas de colores que vagaron ayer, si es que el ahora fuera del hoy, sobre los adoquines del pueblo. No importa si es de noche, ya van muchos días sin poder dormir. La casa es amplia y, aunque tengamos café, no hay leche: no sirve. Necesitar café como calcetines, no como oxígeno.

Nos separan unas escaleras. Mientras yo creo que tú duermes (sí, lo creo bien, aunque no se escuche tu silencio), tú crees que yo estoy despierta (supongo, porque te imagino dormido). Toses. ¿Toses para que escuche tus sueños? ¿Tecleo para que sepas cómo duermo?

Interior. Solo una pequeña bombilla (más tenue que una vela) y la sombra de la gran palmera inclinada haciendo reverencia a mis manos dan fe de la actividad en la casa. Todo apagado y una música bella acompaña la escritura tan necesaria como el aire, mientras nada puede ser encendido o apagado excepto los diez dedos que compongan este disco rallado de sueño. Ésta no es nuestra casa.

Exterior. Diría que es de noche. Tímidas luces mantienen el latir del pueblo. Estamos en San Miguel de Allende.

Los gallos. Escribo los gallos (aunque son gallinas) y cambia todo el cuadro. Me espero. Me desespero. El insomnio siempre guarda un pero.

Ayer, sí, fue ayer, aunque no esté segura, tú manejaste hasta llegar aquí. Cruzando del día a la noche (¿llegamos de noche?), del gris al negro. Escuchamos un ruido de animal raro al llegar a la casa que no supimos descifrar. Y un grillo. Y cohetes (“pueblo cohetero”, dijiste). Y, mientras, hablamos de nuestro dios y de la semana santa de otros, bañándonos a la luz de la luna y descomprimiendo el vómito de los pájaros carroñeros que se transformaron en grillo y en ciprés. El aire empezó a circular mientras tú, que pensabas que estabas despierto pero ya dormías, te abrazabas a un amigo nuevo del pueblo llamado sofá hecho a tu medida, y empezaste a volar…

Y sí, llegó mi noche dentro de la noche. Que no sé si es esta misma noche en la que estamos ahora o ya es otra noche. La noche de ahora empezó al revés, girando todo después del grillo y del animal extraño al que nunca vimos (¿o era una persona que nos escuchaba y se escondía?). La noche extraña empezó con todos los ánimos para ser conquistada: con las ventanas abiertas, el aire limpiando los sueños, la piel… Semana santa y lejos de la iglesia. Qué bien -pensé- mañana (hoy?) no escucharemos el ruido de las campanas.

La noche de ahora empezó al revés y ya ahora empieza a desvestirse de negro. Saldrá el sol y escribo la noche mientras deja de existir. Ruidos de animal extraño.

Y sí, llegó la cama con la piel limpia y desnuda entera, en silencio, para sentir el aire del aire y el tacto de la sábana de aire. Los pájaros carroñeros y los hospitales saliendo por las ventanas -todo abierto- para abrir los dolores y dejar circular esa primera gota de oxígeno que fue un dios o un mono, un animal o un gallo.

Yo creo que duermes. Silencio. Cambio de escena. Ruido. Negro sobreexpuesto. Cambios tácticos: cerrar alguna ventana, vestirme con el primer negro que había en la maleta, apagar la luz, entregarme al sueño… Para cerrar todas las ventanas, vestirme con más ropa, encender alguna luz, y dejarte en la cama. Insomnio. Tú me trajiste hasta la noche y yo me voy de la cama sin poder gestionar el uso del tiempo en el verbo, sin poder dormir en la noche deseosa de ojos cerrados, sin poder soñar un tiempo que va avanzando hacia atrás.

Se va haciendo de día (¿será hoy hoy, o ya es mañana?) y los gallos que rugen.

El animal extraño que hacía pssss, mientras los dos hablábamos ayer o hoy en el jardín ya no ha vuelto, los carroñeros tampoco, el grillo también se fue. Pero la mierda de los gallos…

Yo creo que duermes aunque no sé cómo. Si estás de lado escuchando más o menos el desespero de estas aves (¿son aves las gallinas, o son solo animales con plumas?). Subo el volumen del único audio que controlo: el disco de Max Richter: Sleep.

Hubiera preferido las campanas. Hubiera preferido el rugido de un bar debajo de la casa. Nuestra bóveda celestial ha sido conquistada por unos bichos borrachos de desespero que no han dejado de gritar (a mi) -escribo- a lo largo de toda la noche que se ha puesto del revés para que tuviera que describirla. Porque yo no sabía que los gallos y las gallinas hablan cuando el negro. Cosmopolita barata. Y el alba ya empieza y estos animales de plumas sucias, no se cansan de tanto gemir. No han dejado de hacerlo desde que traté de dormir, ayer, que tenía el alma abierta y las ventanas abiertas, para poder ocupar todo el silencio posible del negro, del pueblo, del aire, de los adoquines, de tu respirar tranquilo, del todo apagado en una casa con una palmera dentro. O de una casa dentro de una palmera.

Luz oscura, pero ya se ve ese color blanco con un punto de gris, de azul, de blanco sobre blanco más frío que es el final de la noche. Y trato de no escuchar a los gallos, mientras algún otro sonido se suma a la selva pueblerina de esta escandalosa noche donde lo animal ha desmontado la tranquilidad de lo divino, que ya lo teníamos, a lo que habíamos llegado entre vómitos y carteles de “se vende”, tras el largo camino…

Ya pronto será la noche de ayer, otra noche sin haber dormido. Otra noche encontrando otra excusa que no es un temblor, ni un hospital, ni las sirenas de los policías en Amsterdam, ni el jetlag en Provenza. Maldito insomnio, malditos gruñidos salvajes de estos gallos que han atesorado mi noche bajo sus gritos, que se han llevado el gran tesoro del descanso cuando ya estaba casi conquistado. El animal descarado frente al hombre educado. Mierda de bichos tóxicos os habría salido a cortar las cabezas a todos si hubiera sabido, podido, o lo hubiera pensado antes de la deslucidez de estar en vela tantas horas. Y la luz muy baja. Tú dormido. En la calle, nada. Yo nada.

El universo conquistado por una gallina, o por un huevo. Sin saber si el rugir de los animales es vida por un huevo o es muerte anunciada por el pavo del jueves de semana santa, y la de ayer (o hoy) fue su última o primera noche. ¿Perdono al gallo, o quiero matarle con el hacha que nunca tuve? Y si lo matara, ¿me lo comería? ¿Sabría cocinarlo para tí? No. Llamaría a mi madre para que me diera la receta del pavo que en otras unidades de lugar, nunca se rellena ni se cocina. Pero aquí ahora es Semana Santa. Y nadie come gallinas rellenas de insomnio.

Sigue el ruido y deseo tanto que se apaguen estos gallos como un café, o como la leche que no tengo para el café que tanto necesito. Necesitar café como ropa, no como oxígeno.

Y en el cielo ya el negro tiene menos gris encima, la capa de transparente no te despierta ni les silencia. Y en este ciprés, que ya es un poco nuestro de verlo ayer tan alto, y tan negro, se acaba de posar un pájaro pequeñito, mucho más que un gallo. Y su silbido ya es de día, de esta noche al revés que se está acabando, y el disco se está acabando, y el negro se está acabando, y tu sueño (en singular) se está acabando mientras empiezan los plurales. El día implica plural.

En un rato, poco, saldrás de la habitación. Iremos a tomar café por fin con leche, y todo lo que ocurra a partir de entonces, ya será blanco… Y empezará nuestro mañana. Sin saber si tú escuchaste algún ruido, o si fui yo la que soñó con gallinas.

El decir

Trataré de decírtelo

Aunque no sepa hacerlo.

Porque decir y hacer,

porque tú, porque yo.

Porque qué distancia habrá entre nosotros,

porque qué distancia habrá entre hacer y decir.

Cómo decirte lo que no sé qué palabras,

y cómo hacer lo que no sé qué cosa…

Cómo saber si todo lo que sale de mi, llega a ti…

 

 

Temblor

Se escuchan luces rojas y la sirena moja las sábanas húmedas de miedo.

Mis manos no alcanzan a dar lo que quisieran.

Es un nudo que aúlla en un viaje de ida y vuelta, hacia delante y hacia atrás, entre rocas, huesos, y el último latido de aquellos a quienes, en la última estación, quedaron atrapados por el tren de la muerte.

Se escucha una melodía sorda y perversa. Crujen las almas locas y sosegadas, blancas y rotas. Las palabras están vacías, las espaldas de espaldas para siempre.

El tren avanza cortando cabezas de niños que no valen más que las de sus abuelos, cortando -de nuevo- un futuro que quedó en manos de un ladrillo.

Aquí, nosotros estuvimos.

Aquí, en nuestra casa.

Aquí se dibujaron las vías de un tren que fue cicatriz de polvo, sangre de polvo, muerte de polvo.

Aquí, en este lugar al que llegaron los últimos viajeros que compraron, equivocadamente, un billete destino a México para estar aquí este diecinueve de septiembre.

Poesía

¿Y si una poesía fuera solo esto?  Escribir desde dentro, sacar palabras y aplastarlas contra el aire, escuchar los ruidos de la calle para contenerlos en un objeto-corazón, partir de ello para ir hacia lo que nunca supo que fue.

Si poesía fuera solo escribir en un papel las mañanas de mermelada y pastillas y las noches de pastillas. Escribir bajo la música del llanto, sobre el silbido del pájaro que vuelve en verano, entrar en la calle tapiada del pasado de los recuerdos en blanco y negro, vivos, presentes…

Si poesía fuera yo o fueras tú, y si palabras fueran las hormigas que ya estaban, el agua que bebemos, el viento que permanece en su movimiento estático. Poesía: todo.

Si las palabras no fueran versos pero compusieran versos, no fueran poemas pero rimasen, no construyeran narraciones pero contaran una vida… ¿Sería eso poesía?

La mañana y la noche en el universo que no se comprende, la fe que no se entiende, la transparencia y la materia, la muerte y el amor, el deseo y la constancia. Todo lo que se escribe bajo una vela… ¿Es eso un poema? ¿Es una voz, es una palabra, es una imagen, es el alma? ¿Tiene la poesía voces, palabras, imágenes o almas?

Si supiera lo que es poesía escribiría una. Ahora que soy dolor y soy amor. Ahora, que es ahora y ya no volverá. Ahora, que escribir es aplastar y sacar, masticar y quitar, pensar y lamer, desear y tener, vivir y querer. Ahora, justo ahora, me encantaría poder escribir una poesía. Para ti, que eres en mi. Para mi, para poder decir que soy en ti. Para nosotros, que somos en el mismo mundo poético que guarda la vida y el silencio. Ahora que nos amamos, quisiera saber escribir una poesía de amor para ti.

 

Huele a mar

Hay un refugio en el fuego, una música que amansa, un saxo que busca la trompeta. Y todo es impersonal, todo es imperfecto. No funciona nada y nadie viene a por nosotros. Hay un refugio en el fuego. Y los animales están adentro. Y no hay personas fuera. Hay animales dentro y fuera. Y el fuego dentro.

Hay ordenadores, papeles y libretas, bolis y las manos. Pero las manos dudan, y todo es impersonal, todo es imperfecto. Nos comemos. Nos comemos lo que no debemos y lo que tenemos está fuera. Como los animales, como el otro fuego. Como tú.

Tú también adentro, y dentro, y conmigo, y la trompeta, y el fuego. Algo se retuerce en un sonido que no se escucha. Solo el silencio que sale del fuego de adentro, suena.

Tu casa, la casa vieja, la que se quemó con el cuerpo de los animales dentro, incendiada por trompetas y sexos que se destrozaron en un concierto impersonal, imperfecto.

Huele a fuego y aún no has prendido la cerilla. Es el olor de ayer, el algo que quedó en las paredes de piedra, la chispa que nunca saltó y se quedó en la hierba.

Existe el premio y el precio. El sentido y la daga. Veo. Y no sé cómo decir que sé que pasará. No puedo ni escribirlo aunque vea tu rostro al pasar la mano…

Huele a un fuego que se enciende y se apaga. Huele a concierto. A sexo. A mar…

Utopía sin acabar

Que las calles fueran ríos y las aceras apeaderos con barcas sin candar y remos.

Que los hombres fueran guapos todos y llevaran pegada en la cara una sonrisa que solo se modificara con la risa.

Que los animales vivieran sin rejas, las plantas sin macetas, las enfermedades, mentiras.

Que los libros estuvieran siempre abiertos y la comida fuera justa para todos.

Que las palabras fueran claras, blancas y transparentes, sinceras y bonitas.

Cuadros en las casas, aire en las ventanas, pies sin zapatos, colores en los ojos…

Que…

Luz de luces

Algunas luces que se encienden nunca se apagan. Sin bombilla, sin cable, sin motor. Existen por su propia luz, por sus sombras…

Luz de luces blanca y mate, alógena en sus delirios, lámpara en su desespero, vela que navega. Se enciende sin botón para apagar, nace del vientre, luz para el cuerpo que el alma sigue sin instinto.

Hay negros que solo iluminan las luces que nunca se apagan. El final es luz, y el camino el reflejo, y la vida la pupila. Luz del desierto. Ilumina.

Luz de luces que recorre la sangre y los huesos, radiografías crónicas del infante perdido, de aquel adulto que fue y no pudo ser, del intento de vivir apagado y llegaste cuando estaba ya seca para encenderla.

La mañana, es hoy.

Llueve

Llueve y lo uso como palabras para el poeta y me limpio.

Hay bellotas, ardillas, y un horno preparando platos ricos.

Hay frío fuera y calor dentro. Aire fuera y aire dentro. Luz. Luz de lunes…

Llueve y me mojo como si fuera un pájaro: con alegría, con esperanza, con deseo.

8/8/14

Tocar el cielo blanco cargado de humo y sangre.

Inventarme, de nuevo, un cuerpo que funcionara, y un cuerpo que funcionara.

Querer a alguien. Comer, besar, cantar. No sé bailar. No sé si sé bailar.

Jugar a entrar y jugar a salir, difuminar el alma para entrar en coma, mirar por la ventana y no ver nada.

Alcanzar las posibilidades enteras de las manos cuando los pies no caminan.

Dividir el cuerpo, dividirlo todo.

Quedarse con una mitad neutra y de manzana, sin adjetivos y menos adverbios.

Sin comer, sin besar, sin vivir, sin bailar…

Poner camiseta

Hay una camiseta tuya guardada que ya no voy a ver cómo te la pones ni cómo te la quitas. Tampoco te la voy a volver a quitar yo, ni tú me la vas a volver a poner a mí. A arrancar, a masticar, a tragar… Poner. Ponerme tu camiseta guardada, sacarla de ahí y entrarla en mí: ancha, corta, gastada. Tan lavada como nuestra historia, tan planchada, como nuestra curva. Tan arrugada, tan sucia, tan bonita. Y no la veo pero pienso en ella, en él, en que está lejos la camiseta y lejos tú, y acercándome a la prenda no lograré más que olerte de lejos, en los poros del algodón orgánico, suave, caro. Y tampoco veo la manera de deshacerme de mí ni de la camiseta, tampoco del zapato suelto, la maleta del enigma, la postal de la barca… Y ponerme tu camiseta sería como quitarme la piel, como ponerme un ángel encima que ya no me toca, ni me mastica, aunque me quite la camiseta yo. Y si yo me la quito, la mía, y la guardo con el olor a día, con las letras del día, con las luces que no has encendido, ahí queda. Y la guardo cerca o lejos de la tuya. Y pienso en ti. A través de la camiseta que me recuerda que además del zapato suelto hay un abrigo bonito, y libros de amigos, y vapores contenidos en los sobres abiertos. Contenida de ropas viejas y ocupando esquinas nuevas, rastreando si hay más camisetas y postales en el horizonte, tanteando la noche, amiga, qué bien me sienta caminarte…

 

Marinera

No llueve en la mar soleada y tranquila con tiburones. Los ojos, despojados de viento, buscan el humo en el agua tratando de evitar cualquier sombra. Voy en tren. Silba la luna. Y por dentro oscurezco la mañana con leche. Sin leche. Sin carne. Sin sexo.

Suena mañana. Algo que sabe a mar y a red, a mar y a barca, a mar y a yo.

Remo versos de deseo y de realidad. Armo un castillo de aire que escupe fuego y pechos.

Te espero en la sombra del horizonte. Con los lomos y los poros y los locos en las ruedas. Con el detalle de la lupa vieja que lo ve todo de lejos y mira al mar de la carne con una ciega nostalgia escondida entre las rocas.

Al agua, marinera.

A veces

Sueño. Como hoy. Como hoy no. Como ahora. Con esta brisa fría por encima y cálida por debajo. Con esta luz. Con esta boca. Con este cuerpo, incluso. A veces. Sueño.

30/06/14

El corazón no se calma, los ojos no se apagan, la voz no puede quedarse dentro. Es una noche cualquiera especial, con las mismas estrellas que ayer y una nueva que ha brillado un corto tiempo. Palpo deseos que se trazan entre espinas y curvas torcidas, blancos de lino terso entre arrugas de polvo masticado por las hormigas, luces encendidas, se levanta el telón. Y ese punto de inflexión que no sabes en qué punto empezaron a cambiar las cosas pero están ya moviéndose, hace tiempo, hasta hoy. Y siendo consciente pero sin querer darte mucha cuenta intuyes el momento, la curva torcida recta que trazaste en aquella respuesta, en aquella decisión, en aquel movimiento. Tejiendo las alegrías y las suertes, los colores de la noche y las sobras del día, cosiendo los pedazos que van cayendo de ti, de los tuyos, del techo, del cielo… Te duermes en esta noche nueva: el corazón disparado contra las almohadas limpias, los ojos abiertos aunque dormidos y apagados, la voz, la que busca las palabras entre palabras y letras y te busca para decírtelas pero solo encuentra la pared blanca, la voz, sin besos, que no puede quedarse dentro.

35 Alegrías

Una alegría se destapa. Cuidado, hay luz. Qué suerte, una alegría. Silencio. Otra. Con esta ya van dos. Dos alegrías en una semana. Y el corazón galopando salpicando taquicardias, los dedos ansiosos de entrar en nuevas manos, los ojos puestos ya en el lugar nuevo, paredes lisas, silencios por escuchar. Y te moverás y serás una nueva vecina de ti misma, interrumpiendo los ascensores y la cola de la panadería, irrumpiendo el pijama. Qué suerte, una alegría. Y querer ir a comprar vestidos nuevos. Y querer leerlo todo de golpe, diseñar nuevos paseos con nuevos puntos de llegada y de salida. Mapa de la suerte, felices treinta y cinco.

Junio raro

Junio, polvo, calor, agua. Pasa el autobús de lejos y los vecinos ya están de vacaciones. Todos lejos. Solo yo. Subo a lo alto de la montaña y miro. No hay nadie. Subo a lo alto del fondo del mar y respiro, el aire es todo para mi. Para trabajar los acentos, para reducir las repeticiones, para cambiar de casa.

Encontrarás cosas nuevas que junio ha traído de lejos para tus cervicales, para tu culo. Faltan sillas, sobran limones, ellas no vendrán. No hay nadie, pensabas que vendrían. Y te vas a la cocina, a cortar un pez, a ver si el olor te despierta y consigues hablar con alguien…

10/06/14

A tragar un poco de luz, a ver si se me ilumina la cara.

A beber un poco de agua… Igual, a mucho beber, más ver.

Voy a calentar la comida, a ver si me excito; y a pasear, para mover el alma.

Mientras tanto apagaré la música y dormiré un rato.

Dejaré una lavadora puesta, para generar ideas nuevas.

También regaré, para purificarme,

y hablaré con alguien, para hablar más conmigo…

Escupiré tratando de esquivar los fantasmas y antes de irme cerraré con llave, para que nadie se lo cuente a nadie.

Hasta que llegue el silencio con la ventana abierta y los ojos muy cerrados.

3/06/15

Que nada se trague la luz, que la noche escupa al aire, que el aire cure las manchas, que las manchas enseñen placer, que el placer emita sonidos, que el sonido sea suave, que lo suave acaricie las heridas. Te acaricias. Las heridas.

Fragmento

Eres: la vida, la escritura, parte del mar, el grillo, la madera, la opulenta buganvilla. Eres el lejano sentido de algo que nunca pasó, el cercano pájaro que, al cambiar de rama, marca en el aire la última nota de la noche. Eres lo que nunca tuviste y siempre quisiste haber podido pedir. Quieres poder pedirlo alguna vez.

Cama sola

Palabras, sirenas y silencio, noche de cigarros. Un rayo apunta en mi cara y la ventana a un vaso de agua. Otro rayo apunta en mi casa y la cara a un espejo de agua. Hay tormenta, por dentro y por fuera. Hay un minúsculo choque de ángeles que salpican sangre desde arriba. Hay tormenta también desde abajo. Y el cuerpo atrapado en el centro de la noche: eterna, cuerda, fosforescente. Y el cuerpo grita volar. Y, a cambio: pan y cama, cama y agua, cama y noche.

La cama está sola porque ha lavado todas las preguntas. Se enciende la cama con el rayo y te retuerces entre palabras y aguas. Y te dan pan y cama, cama y agua, cama sola.
Y te quedas sola en la cama, estirando un pie que no tiene piel, que no encuentra un dedo, que arde como cuando todo está helado. El corazón roto, a pedazos, debajo del colchón. ¿Te vas?

Vacía

Y la cama está vacía, y la libreta está vacía, y la nevera está vacía, y la maleta está vacía, y la música está vacía, y la habitación está vacía y las manos están vacías y la ventana está vacía y la basura está vacía y la pared, llena. Y la noche está vacía y la boca está vacía y los besos están vacíos y la luna…

Maldición

La maldición está aquí: en un cuerpo que no puede pensar y en una cabeza que no puede sentir. En un cuerpo que no se puede expresar y en una cabeza que es una cascada de cascadas muertas. En un cuerpo que es un viejo y una cabeza encima de una niña. En un cuerpo que es humo y una cabeza que es fuego. En un cuerpo que es paja y en una cabeza que es aire. En un cuerpo que es de espinas y una cabeza que necesita algodones. Un cuerpo que es una cárcel y una cabeza abierta. Un cuerpo que es una muerte y una cabeza que no tiene vida.

21/05/14

Repaso el teclado y me pica. Veo un rayo contra la ventana. La noche se enciende mientras me desvanezco en el último suspiro de las manos gastadas de alergias.
Dormís y os pienso, os siento, os escucho soñar en mi cabeza como parte de mi. Un trozo grande, un trozo importante.
Somos tribu. Somos manada. Somos familia. Somos grupo. Somos parecidos. Somos únicos.
Y solo soy yo.

19/05/14

¿Y si el día fuese vertical y la noche horizontal?
¿Y si nunca hubiésemos visto el mar, o aquel sol, o aquella luna?

Y si nunca hubiésemos sufrido, tanto, a cambio de una vida.
Y si nunca hubiéramos gozado: con la lengua, con el poro, con el codo.

Y si el otro, hubiese estado sufriendo o follando, tampoco nunca hubiese visto el aire en el mar ni en las olas. Y si el otro no te conoce, y no sabe nada de tu vida, y si te descubre, o no te conoce nunca.

He visto el tiempo pasar por encima de las islas.
He vuelto a sentir la noche: larga, serena, abierta, tranquila…

Ahora existe

Ahora es como nunca. Alzo el cuello, escucho animales que me dicen, estoy poseída por la luna. Las noches no son así: ya no son así, fueron así, volverán las gaviotas, volarán las lagartijas. Y en el silencio tan lleno de hondo mar y tierra honda viva y muerta, no te oigo. Ahora es como si no fuera. Creer que ahora existe podría hacer peor a mañana. Creer que ahora existe podría ser peor que soñar, o que creer que podemos soñar. Toco la noche y la desnudo: de palabras, de nubes, de ruidos, de chinchetas, dolor. Es como si no fuera. Ni yo ni nada. La noche en la isla de la verdad. La noche de piedra seca y viento y verdad.

#Formentera

Construir la noche

Tengo que dormir y no puedo.

Voy a beber, a comer, a fumar y a mear, a ver si se me pasa.

Pero: Oh, no! De camino al baño veo la luz, de fuera hacia dentro, atravesando las cortinas turquesas!

Y: Oh, sí! El día ya se ha hecho día y yo quisiera la oscuridad más larga!

(Caliento el agua, saco la ropa tendida, riego las plantas, leo, escribo, fumo medio cigarrillo, como una tostada con mermelada y mantequilla, me tomo pastillas, vivo en la cama).

Tengo que dormir más. Voy a construir la noche.

Con una colcha de lino en la espalda y una poesía en los ojos.

Con una mano en el pecho y el pie fuera de la cama.

Voy a construir la noche. Porque tengo que dormir, y no puedo…

Cuadros de noche

Cuadros de noche:

De un cielo mar o una montaña niebla, según lo mires, frontal. Es muy blanco. Insomnio.

De dos cisnes cigüeñas y un loro, según lo mires, más a la derecha. Es demasiado oscuro. Insomnio.

De dos pájaros enormes a carboncillo y con algo de verde. Se ve claro lo mires como lo mires, por el tamaño, aunque hay quien pudiera ver un tercer pájaro no se sabe bien donde.

Un cisne, este es mucho más claro que el otro cuadro pero es también oscuro. Con detalle, se lee Raad Pensionaris, y alguna otra palabra escondida que aparece solo a veces. Jan Asselijn, The Threatened Swan, from Rijksmuseum.

Dos cuadros pequeños enmarcados en blanco a la izquierda: Blackbird, un precioso dibujo antiguo de dos pájaros negros, uno dentro y el otro fuera del nido, rodeados de verde ocre de campo de árbol. A su lado y de la misma medida un retrato: “A mi querida esposa”. Firma Magrinyà. Familia, la madre de mi bisabuela. No la conocí pero me gusta verla cerca aunque siempre haya estado lejos. El retrato es en carboncillo y minucioso. La mujer es elegante, morena y guapa, con una onda en la frente, pendientes de cristal y plata, y un cuello alto que la hace más esbelta si cabe. Humilde.

Cerca de estos dos cuadros y en la estantería metálica están el bol de madera del desierto con piedras, conchas, caracoles y meteoritos; las velas, los discos, la planta seca y la verde, el corazón de Berlín, la foto, el pájaro, partituras, papeles, kleenex en caja… Y libros.

La pared que tengo atrás es demasiado pesada para poder enumerarla. Se ha ido construyendo como una historia. Se podrían entrelazar las piezas y darían con la clave de todo el rompecabezas: desde Cuba a Florencia, de Formentera a otra Italia, de Färo a Cuba de nuevo, y Cadaqués pasando por montañas y ríos y campos de lagos… Y repitiéndose en bucle, como un acompañamiento sordo de la música, como un apoyo invisible del talón, los pájaros y las bellas mujeres antiguas se peinan, se abrazan, se acarician el hombro; y los campesinos trabajan con el gorro de paja en la cabeza, en otra imagen el cesto en la mano, y la postal de mi abuela del río, y la niña rubia porno que bucea desnuda y sonríe sin pechos. Y el búho, y el carboncillo de nuevo, y Dollita, y Pinocchio, y el Testu Bressy de 1786. Make me feel better, se lee, y se alza Pompeya con un pájaro, otra vez. Y en medio, como un guerrero sin como, como un estandarte de la lucha que entró aquel día para quedarse siempre en medio, como un interrogante que se dice qué hago yo aquí dentro: el chino de la suerte, con manuscritos en una mano y una espada en la espalda (como la Valquiria). Y yo le digo lo que hace aquí dentro…

Blanco, muy pequeño, de 2 x 4 centímetros. Nunca será pintado y siempre estará colgado. Es el cuadro de la vida. Vacío. El más pequeño. Ahora en vertical.

Love, en la esquina, rodeado de turquesas…

Y cajas, y siemprevivas, y siempre, libros.

Un colgador,

Y el corazón colgando de un hilo.

Insomnio.

 

 

Celebración de viernes noche

Masticas, tuerces y quitas todo para entrar tú y te haces el rey y anulas el aire para poseerme, para reírte, para demasiados sin sentidos. Quemas el cerebro y los poros, arrasas con la piel de gallina y las lágrimas, anulas cualquier recurso corporal.

Soy tu demonio, vengo a celebrarte. Te aliñaré con chinchetas, pastillas y polvo de esparadrapo.

Se burla, se mira al espejo y crece.

El vertedero es apestoso, el aliento sangra, la sangre arde, y el pus es invisible como el dolor es invisible.

Soy tu demonio, vengo a celebrar contigo este viernes, que es de noche y verano, que es de flores de naranja jazmín, que es de palmeras y gaviotas. Vengo a celebrar contigo esta primavera transparente. Te pondré música, te haré bailar, te abrazaré y acariciaré, y cuando esté a punto de llevarte a la cama te pegaré una patada, te retorceré el cuello hasta hundirte, te meteré la pierna hasta el fondo de la boca, te cortaré los pies con un cuchillo, te comeré un poco de órganos, te cortaré el pelo mal y un dedo, te escupiré y te haré daño, mucho daño, tanto daño… Y te diré que eres buena. Y acabaré dándote las gracias, dolor.

 

La memoria es una gracia

El tren no se ha perdido, el barco todavía no ha llegado y tú ya te has muerto, y ya os habéis muerto demasiados. El funeral del final, la condena que ya conocíamos y nunca quisimos creer. Tú te has muerto y tú te vas a morir. La comedia es cruel. Dicen que necesaria, dicen que comprensible, dicen que sensata. Y no, no puedo creer que todo esté escrito en cromosomas. La vida es más larga que esa cadena y más corta que una molécula perdida. Hoy ha habido un funeral y tú te vas a morir. Y hubo poco tiempo para pensar que la vida era un cuento mientras existía la suerte de vivir como si todo fuera el mejor de los cuentos. No dejo de pensar cada día en el sentido de la nada, en el todo gran vacío que dejaste. Te has muerto y ya no puedo hablar contigo, y ya sois demasiados mis muertos… Tuviste poco tiempo para nadar en el agua clara, clara, clara, para desconocer la dureza descalza, para contar los días sin calendario. La vida se tuerce: difracción de rayos x. Te retuerces: te duele la barriga, te duele la cabeza, te duele el codo, te duele todo. A mi la espalda. Y la vida cambió, y la vida se torció: volvió la difracción de los rayos x. Te acuerdas de todo y no recuerdas nada. Hay un mapa dibujado en un lugar amplio y fresco del imaginario, hay un estanque que no deja de rebotar luces desde el agua hasta la retina, hay un camino al que poder volver, en el que poder refugiarse. La memoria es una gracia. Hoy ha habido un funeral, y un accidente peatón en el semáforo de Muntaner. Y ha habido una comida en la bodega, y una sobremesa en la bodega, y un loro en la bodega (Ricky), y un paseo después de la bodega, y una bonita charla contigo llena de estrellas refractando rayos x… Ha habido una alegría de libros nuevos y la muerte de conocer que estás enfermo y que quizá no te cures, y que quizá te mueras, y que nunca sea tarde para dejar nada a medias. Te puedes morir mañana y ya no podrás decir nada. Te has muerto y no puedo hablar contigo y, aunque lo sepa porque el tiempo me lo recuerda y porque el mar es inmenso, hablo contigo. Y la chica que ha cruzado el paso de peatones, y el hijo de puta que ha girado la esquina de la muerte sin verla. Ella, que estaba en medio del paso de peatones; él, que estaba en medio del momento en el que iba a matarla. Ella ha muerto tirada en la calle, rodeada de desconocidos que la han visto por primera y última vez, ¿qué sirenas habrá escuchado? Ella ha muerto hoy, que es jueves, y ayer murió él, un miércoles, y yo no me quiero morir mañana. Y ha habido una comida en la bodega para alimentar el alma, para satisfacer al alma, para entender un poco mejor que vivir tiene algún sentido. Amigos, amigos, amigos. Y llamarte al salir de la bodega, y que los periódicos hablen de guerra y de muerte, y que nosotros lo leamos pero no lo digamos nunca. Somos unos imbéciles preocupados por comprar el desodorante, olvidando que de camino a la farmacia podemos tener un accidente fatal, último, sin giro en el espacio, sin más pastillas para la garganta, ya… Te vas a morir mañana y yo también. Y que las moléculas hagan de las suyas y que las rutas al castillo puedan entenderse con literatura y vida. No es lo que parece. Nada es lo que parece. Porque el tren no se ha perdido y el barco aún no ha llegado. Hoy ha habido un funeral de la muerte. Hoy ha habido un accidente de la muerte. Y hoy ha habido muchas otras muertes. Y hoy ha habido muchos otros accidentes. Las despedidas de antes no cuentan, esta es la única. Y en su habitación habrá hoy mucho silencio, y en la tuya habrá demasiado ruido, y en la nuestra, quizá, algún abrazo. Y algo de memoria, y de muerte.